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Un Dios Salvaje

 Esta película, de entrada, nos llama la atención por sus actrices: Kate Winslet y Jodie Foster. Sin duda, dos personalidades del mundo del cine. Acompañadas por otro “oscarizado”, Christoph Waltz  y el también nominado por la Academia, John C. Reilly, conforman el elenco completo de la película Un Dios Salvaje. Dicho largometraje de Roman Polanski, cuenta la historia de dos matrimonios que intentan conciliar una situación peculiar: sus hijos se han peleado en el patio del colegio.

         Por un lado encontramos el matrimonio Cowan, al que dan vida Winslet y Waltz. Su hijo Zachary es quien le ha propinado una paliza al hijo de los  Longstreet. Éste último matrimonio, formado por Foster y Reilly, es el más pacificador, el que trata de limar asperezas desde el principio con la otra pareja.

         Ambos matrimonios se enzarzan en la defensa de sus propios hijos, entrando en un bucle del cual no parecen querer salir. Al principio, se muestra un sereno señor Cowan, que no duda en contestar las llamadas de trabajo delante de los demás y muestra el mismo interés en zanjar el asunto que podría manifestar una piedra. Su mujer, en cambio, parece estar interesada en la resolución del problema, pero desvía el asunto hacia temas que no tienen nada que ver, como el hámster de la familia Longstreet.

         Por su parte, la señora Longstreet, muy segura al parecer de sí misma y de su cultura general, intenta, mediante indirectas bastante directas, hacer ver al otro matrimonio que su hijo es inocente y que el único responsable de la pelea ha sido el hijo de los Cowan. Su marido, en cambio, parece tener en principio muy buena predisposición a la hora de convertirse en el mejor anfitrión que jamás haya existido, pero resulta que es todo una fachada organizada por su mujer.

         Se sucede una especie de combate entre los dos matrimonios, pues la enorme importancia que le dan los Longstreet al asunto choca con la falta de interés en el mismo que le otorgan los Cowan. Sin embargo, pronto se convierte en una especie de guerra de sexos en la que no tardarán en salir los trapos sucios de cada uno, enfrentándose como nunca habrían hecho en solitario en el ámbito privado.

         Es curioso ver cómo las situaciones extremas hacen al ser humano exteriorizar sus asuntos más íntimos, mostrando una importancia ínfima en lo que los demás puedan ver, oír o pensar. Claramente, este largometraje plantea qué es todo aquello que no mostramos a los demás por miedo a perder lo que tenemos, a romper la tranquilidad o, incluso, a desestabilizar la aburrida rutina en la que, de algún modo, nos encontramos cómodos.

         Winslet nos tiene acostumbrados a sus papeles en los que el victimismo cobra una importancia brutal, sin embargo, aquí vemos a una mujer que puede romper su silencio respecto al comportamiento pasota de su marido. Eso sí, no será nada fácil conseguirlo. Por su parte, los hombres logran desinhibirse y confesar a sus mujeres qué es lo que tanto les molesta de su comportamiento controlador. Típico. Foster, por su parte, interpreta extraordinariamente a esa mujer ama de casa controladora que parece estar reprimida porque su marido se ha acomodado a la vida fácil.

         En definitiva, una película para aquellos que quieran pasar un rato reflexionando sobre los secretos a voces de esta vida. En mi opinión, algunos aspectos son geniales, otros, bastante predecibles. Pero eso ya, es a gusto de cada uno.

Livia Samper Mateo

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